De la Vida Eterna

De la vida eterna en general

¿Qué es la vida eterna? Es la vida que debe seguir a la presente, y no acabar jamás.

¿Es la eternidad la misma para todos los hombres? No: es una vida felicísima para los justos, y de espantosos tormentos para los malos.

¿Qué significa, propiamente hablando, esta expresión: “la vida perdurable”Significa la dicha sin fin de los justos, así como se llama muerte eterna el desgraciado estado en que se hallan los condenados.

¿Qué otras verdades presupone el dogma de la vida perdurable? Este dogma supone las verdades que se llaman postrimerías del hombre, que son: muerte, juicio, gloria e infierno. Todo hombre debe morir antes de entrar en la eternidad; su alma ser juzgada para recibir la sentencia que fije su suerte eterna; recibirá por premio el cielo, si está en gracia de Dios, o será castigada con el infierno, si está en pecado mortal.

¿Por qué estas verdades se llaman postrimerías del hombre? Porque la muerte es el postrer o último instante de la vida del hombre; el juicio la última sentencia que fija su suerte; el cielo la última recompensa del justo, y el infierno el último castigo de los malos.

¿No hay otra verdad que es como el complemento de las postrimerías? Sí: el dogma del purgatorio, lugar a donde van las almas que tienen algo que expiar antes de gozar de la visión beatífica.

¿Es útil pensar a menudo en las postrimerías? Es un pensamiento muy saludable, que mueve a las almas eficazmente a huir del pecado y practicar la virtud. “En todas tus acciones, acuérdate de tus postrimerías, y nunca jamás pecarás” (Ecli., VII, 40). 

De la muerte 

¿Qué es la muerte? La muerte es la separación temporal del alma y del cuerpo.

¿Por qué es la muerte una separación? Porque la muerte no hace más que desunir las partes de que está compuesto el hombre, pero no las destruye. La muerte no destruye el alma, que por ser una sustancia simple y espiritual, es naturalmente inmortal. No destruye los elementos del cuerpo, pues nada de cuanto Dios ha creado vuelven a la nada.

¿Por qué hemos dicho que es temporal esta separación? Porque el día deja resurrección, el alma volverá a juntarse con su propio cuerpo.

¿De qué despoja la muerte al hombre? La muerte despoja al hombre de todo lo que posee en este mundo, y reduce su cuerpo a polvo. “Pero el hombre, una vez muerto, y descarnado y consumido, dime ¿qué se hizo de él?” (Job., XIV, 10).

¿Qué nos enseña la fe tocante a la muerte? Nos enseña: 1° que la muerte es inevitable. “Polvo eres, y a ser polvo tornarás” (Gen., III, 19). 2° Que la muerte es el castigo del pecado. “La muerte se fue propagando en todos los hombres, por aquel solo Adán en quien todos pecaron” (Rom., V, 12). 3° Que moriremos una sola vez. “Está decretado a los hombres el morir una sola vez” (Hebr., IX, 27). 4° Que la muerte fija irrevocablemente nuestra suerte. “Si el árbol cayere hacia el Mediodía hacia el Norte, doquiera que caiga, allí quedará” (Ecl., XI, 3) – “Mientras tenemos tiempo, hagamos bien a todos” (Gal., VI, 10), porque viene la noche de la muerte, cuando nadie puede trabajar” (Juan IX, 4).

¿Quiénes son los que niegan estas dos últimas verdades de nuestra santa fe? Los partidarios de la metempsicosis, los cuales pretenden que las almas pasan por una serie indefinida de existencias, transmigrando de un cuerpo a otro más o menos perfecto, según que hayan vivido con mayor o menor santidad en el cuerpo precedente.

¿Conocemos la hora de nuestra muerte? Dios se ha reservado el secreto no solamente del tiempo y del lugar de nuestra muerte, sino también de la manera como hemos de morir y del estado en que se encontrará nuestra alma en aquella hora decisiva. “Velad vosotros, ya que no sabéis ni el día ni la hora” (Mat., XXV, 13).

¿Por qué permite Dios que ignoremos la hora de nuestra muerte? Para enseñarnos que siempre debemos estar dispuestos a comparecer delante de Él. “Estad siempre prevenidos, porque a la hora que menos pensáis vendrá el Hijo del hombre” (Luc., XII, 40).

¿Es la muerte igual para todos los hombres? No: pues la del justo es preciosa a los ojos del Señor (Salmo CXV, 15), y la de los pecadores es funestísima (Salmo XXXIII, 23).

¿Por qué es preciosa la muerte del justo? 1° Porque la muerte es el término de su destierro. “Ay de mí, que mi destierro se ha prolongado” (Salmo CXIX, 13). 2° Porque lo saca de su prisión. “Saca de esta cárcel a mi alma para que alabe tu santo nombre” (Salmo CXLI, 8) – “Oh qué hombre tan infeliz soy yo! ¡Quién me librará de este cuerpo de muerte” (Rom., VII, 24). 3º Porque lo introduce en la morada de la luz y de la felicidad. “Amaneció la luz al justo, y la alegría a los de recto corazón” (Salmo XCVI, 11).

La muerte ¿es para el justo una verdadera muerte? No: pues para el justo, morir es entrar en la verdadera vida. “No moriré, sino que viviré y publicaré las obras del Señor” (Salmo CXVII, 17).

¿Por qué es horrible la muerte del pecador? 1° Porque para él la muerte es la pérdida eterna de todo lo que ha amado. “¿Conque así me ha de separar de todo la amarga muerte?” (I Reyes XV, 33).2° Porque lo precipita en la muerte eterna. “Horrenda cosa es por cierto caer en manos del Dios vivo” (Hebr., X, 31).

Ya que la muerte decide nuestra suerte eterna, ¿qué debemos hacer? Debemos: 1° Pensar a menudo en la muerte. Nada hay más saludable que este pensamiento para desasir nuestra alma de los bienes corruptores de la tierra, e inclinarla a reducir el cuerpo a servidumbre, pues dentro de poco esos bienes le serán quitados y el cuerpo será pasto de los gusanos. “He dicho a la podredumbre: Tú eres mi padre; y a los gusanos: Vosotros sois mi madre y mi hermana” (Job., XVII, 14). 2º Persuadirnos íntimamente de que la muerte está cerca. “En verdad que como una sombra pasa el hombre” (Salmo XXXVIII, 7) –  “Estoy cierto de que pronto saldré de él (el cuerpo)” (II Pedro I, 14). 3° Poner pronto en orden nuestra conciencia. “Dispón de las cosas de tu casa; porque vas a morir, y estás al fin de tu vida” (Isaías XXXVIII, 1). 4° Estar siempre dispuestos a comparecer delante de Dios, pues la muerte vendrá como un ladrón (Mat., XXIV, 43). 5° Desear ardientemente el morir con la muerte de los santos. “Ojalá pueda yo lograr el morir como los justos, y que sea mi fin semejante al suyo” (Núm., XXIII, 10) –  “Deseo verme libre de las ataduras de este cuerpo y estar con Cristo” (Filip., I, 23). 

Del juicio 

¿Qué es el juicio? Es la sentencia por la cual fija Dios la suerte eterna de cada uno.

¿De qué será precedida esta sentencia? De un examen rigurosísimo en el que cada cual debe dar cuenta de sus obras. “Dame cuenta de tu administración” (Luc., XVI, 2).

¿Quién es el juez supremo? Nuestro Señor 1esucristo, constituido, por el Padre, juez de vivos y muertos (Juan V, 22). “Siendo como es forzoso, que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba el pago debido a las buenas malas acciones que habrá hecho mientras ha estado revestido de su cuerpo” (II Cor., V, 10).

¿Cuántos juicios hay? Dos: el juicio particular y el juicio universal. 

Juicio particular  

¿Qué es el juicio particular? Es el que se verifica en el mismo instante de la muerte.

¿Por qué se llama particular? Porque el alma comparece sola delante de Jesucristo.

¿Cómo sabemos que hay un juicio particular? Lo sabemos por la enseñanza de la Iglesia, intérprete infalible de la Sagrada Escritura y de la Tradición católica.

¿Qué nos enseña la Sagrada Escritura sobre el juicio particular? Nos enseña “que es cosa muy fácil para Dios, en el día de la muerte, dar a cada uno según sus obras” (Ecli., XI, 28), y “que los hombres mueren una sola vez, y que enseguida son juzgados” (Hebr., IX, 27).

¿Qué nos enseña la Tradición católica? Nos enseña, particularmente por boca de San Agustín,  “que las almas son juzgadas tan pronto como salen del cuerpo, antes de llegar a aquel otro juicio en que han de ser sentenciadas des­pués de estar de nuevo unidas a sus respectivos cuerpos”.

¿Dónde y cuándo se verifica el juicio particular? En el mismo momento y lugar en que el alma se separa del cuerpo.

¿Sobre qué es juzgada el alma? Sobre el bien y el mal que haya hecho.

¿Quién hace de testigo y de acusador en ese juicio? No hay más acusadores ni testigos que la misma alma.

¿Cómo es el alma su propio testigo? La conciencia, súbitamente iluminada por vivísima luz, le presenta todos los actos de su vida con todas sus circunstancias: la menor buena acción, el pecado más insignificante, se manifestarán claramente. “Y cualquiera que diere de beber a uno de estos pequeñuelos un vaso de agua fresca, solamente por razón de ser discípulo mío, os doy mi palabra que no perderá su recompensa” (Mat., X, 42) –  “Yo os digo que hasta de cualquiera palabra ociosa que hablaren los hombres, han de dar cuenta en el día del juicio” (Mat., XII, 36).

¿Cómo es el alma su propia acusadora? Porque queda plenamente convencida de su culpabilidad, y juzga sus actos con la más estricta justicia.

¿Qué sentencia pronuncia entonces el juez supremo? Una sentencia de vida o de muerte, definitiva e irrevocable. “Tú eres, oh Señor, el dueño de la vida o de la muerte” (Sab., XVI, 13) –  “Tu justicia es eterna justicia” (Salmo CXVIII, 142).

¿Adónde va el alma después del juicio? Va inmediatamente al purgatorio si le queda algo que expiar, al cielo si está enteramente pura, o al infierno si se halla con uno o más pecados graves de que no quiso arrepentirse antes de morir.  

Juicio universal  

¿Qué es el juicio universal? Es el que se verificará al fin de los tiempos y en el que el hom­bre será juzgado, no como individuo sino como parte del género humano.

¿Por qué ha de haber un juicio universal? Para que se haga plena y entera justicia respecto de Dios, respecto de Jesucristo y respecto de los hombres, buenos y malos.

¿Por qué respecto de Dios? Porque habiendo sido públicamente acusada su Providencia, conviene que sea públicamente justificada, y aparezca llena de gloria la sabiduría con que ha ordenado todos los acontecimientos. Levántate, oh Dios, y juzga tu causa” (Salmo LXXIII, 23).

¿Por qué respecto de Jesucristo? Porque como Jesucristo ha sido humillado, desconocido y con­denado en su persona y en los miembros de su Iglesia, conviene que aparezca como soberano juez y rey de reyes. Os declaro que veréis después a este Hijo del hombre que tenéis delante, sentado a la diestra de la majestad de Dios, venir sobre las nubes del cielo” (Mat., XXVI, 61).

¿Por qué respecto de los justos? Porque habiendo sido menospreciados y tratados de insensatos, conviene que sean glorificados y reconocidos como los solos verdaderos cuerdos. “Éstos son los que en otro tiempo fueron el blanco de nuestros escarnios, y a quienes proponíamos como un ejemplar de oprobio. ¡Insensatos de nosotros! Su tenor de vida nos parecía una necedad, y su muerte, una ignominia; mirad cómo son contados en el número de los hijos de Dios, y cómo su suerte es estar con los santos” (Sab., V, 3, 4, 5).

¿Por qué respecto de los pecadores? Porque habiendo sido los unos osados e insolentes en sus crímenes, y habiendo los otros ocultado sus iniquidades y torpezas, conviene que los primeros sean abatidos y humillados, y los últimos cubiertos de confusión y vergüenza.  “¿De qué nos ha servido la soberbia? O ¿qué provecho nos ha traído la vana ostentación de nuestras riquezas? Pasaron como sombra todas aquellas cosas (Sab., V, 8, 9) –  “Nada está encubierto, que no se haya de descubrir; ni oculto, que ni se haya de saber” (Mat., X, 26).

¿Difieren en cuanto a la sentencia los juicios particular y universal? No: la sentencia del segundo no será sino la confirmación solemne del primero. Sólo que como ya se habrá efectuado laresurrección, esta última sentencia se dará al hombre entero, cuerpo y alma, pues el cuerpo debe recibir la parte que le corres­ponda de premio o castigo.

¿Cómo debemos prepararnos al juicio? Juzgándonos con rigor a nosotros mismos para no ser juzgados. ^ 

Del purgatorio  

¿Qué es el purgatorio? Es un lugar de padecimientos en donde las almas de los justos acaban de expiar sus pecados, antes de entrar en el cielo.

¿Cómo se puede probar la existencia del purgatorio? Primeramente, por la Sagrada Escritura. “Es un santo y saludable pensamiento el rogar por los difuntos, a fin de que sean libres de las penas de sus pecados” (II Mac., XII, 46) –  “A quien hablare contra el Espíritu Santo, despreciando su gracia, no se le perdonará m en esta vida ni en la otra” (Mat., XII, 32). De este último texto resulta que hay pecados remisibles en la otra vida. Mas como eso no puede ser ni en el cielo ni en el infierno, síguese que ha de ser en el lugar que nosotros llamamos purgatorio. “Asegúrate de cierto que de allí no saldrás hasta que pagues el último maravedí” (Mat., V, 26). Hay, pues, un lugar del cual no se sale sino después de haber satisfecho plenamente a la justicia divina. Y como ese lugar no es la tierra, tiene que ser el purgatorio. El apóstol San Pablo habla de obras a las cuales se mezclan algunas imperfecciones. El que hace tales obras a: “será salvo, pero como pasando por el fuego” (I Cor., III, 15), es decir que no entrará en el cielo sino después de haber expiado por el fuego del purgatorio las faltas que ha cometido.

¿De qué otra manera se confirma la existencia del purgatorio? Por las enseñanzas de la Iglesia. “La Iglesia católica enseña, dice el concilio de Trento, que hay un purgatorio y que las almas allí detenidas reciben alivio por los sufragios de los fieles, principalmente por el santo sacrificio de la misa”. Por la práctica de la Iglesia. La Iglesia, consecuente con su doctrina, se ha mostrado siempre llena de solicitud por el alivio de las almas que penan en el purgatorio. En el santo sacrificio de la misa, suplica a Dios que les otorgue la entrada en el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz (Memento de los difuntos). Cada año, el día siguiente a la fiesta de todos los Santos, celebra la conmemoración de todos los fieles difuntos. Ha establecido un oficio de difuntos, y en su liturgia ruega a menudo por los que pasaron a mejor vida. En presencia de los restos mortales de los finados, eleva fervientes y conmovedoras plegarias a Dios. Concede numerosas indulgencias que les son aplicables.

¿Confirma la tradición de los santos Padres el dogma del purgatorio? Los santos Padres confirman con su testimonio el dogma del purgatorio. “El alma, cuando haya salido del cuerpo, no podrá llegar a ser participante de la divinidad, dice San Gregario de Nisa, sino después de borradas sus faltas por el fuego del purgatorio”.

¿No corrobora también la razón la existencia del purgatorio? La razón corrobora también la existencia del purgatorio. En efecto: hay almas justas que, salidas de este mundo con faltas ligeras o sin haber satisfecho a la justicia divina por la pena temporal debida al pecado, son deudoras a Dios de una pena temporal. Pero como tales almas no pueden ir inmediatamente al cielo, en donde no entrará nada manchado (Apoc., XXI, 27), ni ser precipitadas en el infierno, porque no merecen la eterna condenación, es necesario que haya un lugar intermedio entre el cielo y el infierno, en donde las almas acaben de purificarse.

La creencia de los pueblos ¿no depone también en favor del dogma del purgatorio? En todas las antiguas tradiciones de los pueblos, y en particular en los sacrificios ofrecidos por los difuntos, se encuentran señales de la creencia en un lugar de expiación del cual se sale después de un tiempo más o menos largo.

¿Cuáles son las penas del purgatorio? Son de dos clases: la pena de daño y la de sentido.

¿En qué consiste la pena de daño? Consiste en la privación de la vista de Dios.

¿Es esta la mayor de las penas de las almas del purgatorio? Sí, a causa de la intensidad de su fe y de su caridad. El conocimiento que tienen de Dios es tan perfecto, y tan fuerte el amor que le profesan, que el no verle les causa tormentos inexplicables. “Dios mío, o mi Dios, a ti aspiro… De ti está sedienta el alma mía” (Salmo LXII, I) –  “¡Oh, quién me diera alas como a la paloma para echar a volar y hallar reposo” (Salmo LIV, 6).

¿En qué consiste la pena de sentido? Consiste en el padecimiento físico producido por un fuego real cuyo misterioso poder obra sobre el alma como si estuviera unida a su cuerpo. La existencia de un fuego real en el purgatorio es generalmente admitida por los teólogos, y su opinión está fundada sobre numerosos testimonios de los santos Padres, de manera que, por lo menos, sería temerario admitir dudas sobre este particular.

¿Conocemos nosotros la intensidad la duración de las penas del purgatorio? No: es para nosotros un misterio. Lo más que podemos decir es que esas penas son proporcionadas al número y a la gravedad de los pecados que deben expiarse, y que las almas no quedan libres sino cuando han pagado hasta el último cuadrante (Mat., V, 26).

¿Exceden esas penas a los padecimientos de la tierra?  El fuego del purgatorio, dice San Agustín, es más terrible que todo cuanto el hombre puede padecer en esta vida” – “Todas las negligencias de esta vida, dice San Bernardo, las pagaremos allá centuplicadas”.

¿Padecen las almas del purgatorio sin ningún consuelo? 1º Tienen el consuelo de la esperanza. 2° La idea que tienen de la santidad y justicia de Dios las hace padecer con amor los tormentos que sirven para purificarlas.

¿Pueden merecer por sus padecimientos? No pueden adquirir ningún mérito para sí mismas. Si las almas del purgatorio pudiesen merecer se abrasarían en un fuego de contrición tan activo, que consumiría en un momento todas sus manchas. Mas, según el sentir general, pueden obtener algunas gracias para los fieles que viven sobre la tierra. 

Alivio de las almas del purgatorio

¿De quién pueden recibir alivio las almas del purgatorio? De los fieles de la Iglesia militante.

¿Por qué debemos aliviar a las almas del purgatorio? Porque a ello nos obligan: 1° la religión; 2° la justicia y el agradecimiento; 3° la caridad; 4º nuestros intereses personales.

¿Cómo nos obliga la religión? Porque agradamos mucho a Dios y procuramos grandemente su gloria satisfaciendo a su justicia por almas que le son infinitamente queridas.

¿Por qué a veces nos obliga la justicia a aliviar a las benditas ánimas? Porque puede haber en el purgatorio almas que penan por pecado que nosotros les hemos hecho cometer.

¿Por qué nos obliga algunas veces la gratitud? Porque puede haber en el purgatorio almas a las que somos deudores por beneficios que nos han hecho.

¿Cómo nos obliga la caridad? Porque las almas del purgatorio tienen tanto mayor derecho a nuestra conmiseración cuanto más padecen y más gratas son a Dios. Socorrerlas es practicar eminentemente la caridad con el prójimo, tan recomendada por Nuestro Señor. “Compadeceos de mí, a lo menos vosotros que sois mis amigos, compadeceos de mí, ya que la mano del Señor me ha herido” (Job., XIX, 21).

¿Cómo nos obliga nuestro interés personal? Porque Dios nos devolverá el bien que hagamos a esas almas, y ellas también, llenas de agradecimiento, rogarán por nosotros.

¿Cómo podemos aliviar a las almas del purgatorio? Podemos: 1º por las tres grandes obras de la vida cristiana: oración, ayuno y limosna; 2º por medio de las indulgencias; 3° por la sagrada comunión y sobre todo por el santo sacrificio de la misa.

¿No podemos hacer, en favor de los difuntos, la piadosa cesión de todas nuestras satisfacciones? Sí: y esta cesión constituye un acto heroico de caridad que la Iglesia desea que practiquemos, pues a ello nos anima con numerosas indulgencias y favores.

¿Qué debemos hacer para evitar el purgatorio? Debemos: 1º evitar todo pecado, por leve que sea; 2º expiar por la penitencia los pecados de que ya hemos obtenido el perdón.   

Del cielo 

¿Qué es el cielo? El cielo es el lugar en donde los ángeles y santos gozan de felicidad perfecta y eterna, viendo y poseyendo a Dios.

¿Cómo se llama también el cielo? Se llama también paraíso al reino de los cielos, ciudad santa, Jerusalén celestial, patria bienaventurada, mansión de la gloria, vida eterna, etc.

¿Cómo se prueba la existencia  del cielo? Se prueba: 1º Por la Sagrada Escritura, que a cada paso habla de la bienaventuranza celestial, del reino de los cielos, de la vida eterna; 2° Por la enseñanza da la Iglesia, que la afirma en todos sus Símbolos y en su liturgia; 3° Por la razón, que demuestra la necesidad de otra vida en donde la virtud sea plenamente recompensada; 4° Por la creencia unánime de los pueblos en una vida futura en la que los buenos gozarán de perfecta felicidad.

¿En qué consiste la dicha perfecta para la criatura racional? Consiste: 1° en la exención de todo mal; 2° en la posesión eterna de todo bien.

¿Existe el mal en el cielo? En el cielo no hay ni mal físico ni mal moral. No hay mal físico.  “Ved aquí el tabernáculo de Dios entre los hombres, y el Señor morará con ellos. Y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios, habitando en medio de ellos, será su Dios. Y Dios enjugará de sus ojos todas las lágrimas; ni habrá ya muerte, ni llanto, ni alarido, ni habrá más dolor por que las cosas de antes son pasadas” (Apoc., XXI, 3, 4). No hay mal moral.  “No se oirá ya hablar más de iniquidad en tu tierra, es decir, la tierra de los vivos, el cielo” (Isaías LX, 18).

¿Son impecables los bienaventurados? Sí: 1º porque viendo a Dios cara a cara, en su infinita hermosura, le aman de tal modo que no pueden ya separarse de Él; 2° porque el pecado, mal soberano, es incompatible con la perfecta bienaventuranza.

¿Cómo es en el cielo la posesión de todo bien? Porque los bienaventurados poseen a Dios, que es el bien supremo.

¿Por qué poseen a Dios los bienaventurados? Porque lo ven, y viéndolo, lo aman. De esté modo hay unión perfecta entre ellos y Dios. Ellos aman a Dios con amor soberano, y Dios les ama con amor infinito. Dios se da todo a ellos, como ellos se dan todo a Dios; Él es su posesión, su herencia por toda la eternidad. “¡Oh Dios de mi corazón, Dios que eres la herencia mía por toda la eternidad!” (Salmo LXXII, 26).

¿Cómo ven a Dios los bienaventurados? Lo ven intuitivamente, es decir, directamente, tal como es, del modo que Él se ve a sí mismo; y no ya como en este mundo, a través del velo de las criaturas y de las obscuridades de la fe. “Al presente no vemos a Dios sino como en un espejo, y bajo imágenes obscuras; pero entonces lo veremos cara a cara (I Cor., XIII, 12). Sabemos, sí, que cuando se manifestará claramente Jesucristo, seremos semejantes a Él en la gloria, porque le veremos como Él es” (I Juan III, 2).

¿Cómo se manifiesta Dios a los bienaventurados? Iluminando sus inteligencias con luz sobrenatural que llama­mos luz de la gloria, la cual es un don especial de Dios. “En tu luz veremos la luz” (Salmo XXXV, 10).

¿Participan los bienaventurados de la ciencia infinita de Dios? Sí: gracias a la visión intuitiva, participan de dicha ciencia en grado finito, es verdad, y proporcionado a los méritos de cada uno, pero en una medida superior a cuanto podemos concebir.

¿Qué efecto produce en los bienaventurados la visión intuitiva y la posesión de Dios? Los bienaventurados, viendo y poseyendo a Dios, que es la verdad, hermosura y bondad infinitas, gozan de Él con gozo inefable. “Quedarán embriagados con la abundancia de tu casa y les harás beber en el torrente de tus delicias” (Salmo XXXV, 9).

¿A qué virtudes corresponden la visión,  posesión y goce de Dios? Corresponden a la fe, esperanza y caridad, de las que son recompensa. La visión sucede a la fe y hace desaparecer de ella las obscuridades; la posesión sigue a la esperanza y pone fin a su expectación; el goce da a la caridad su última perfección.

¿Podemos concebir en este mundo la dicha del cielo? No: porque esa dicha sobrepuja a nuestros conocimientos, y no podemos comparar los bienes de la tierra con los del cielo. “Ni ojo alguno vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para aquellos que le aman” (I Cor., II, 9).

Además de la felicidad esencial que procura a los bienaventurados la visión beatifica, ¿no hay para ellos una felicidad accidental? Sí: hay una felicidad accidental, y gozos que provienen de la contemplación de la sacratísima humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, de la vista de la Santísima Virgen, de las relaciones incesantes que tienen entre sí y con los ángeles. Se conocen, se aman, viven en las mismas dulces relaciones de fraternidad. Cada uno participa de la dicha de todos y todos de la de cada uno. Reinan con Cristo sobre toda la creación visible.

¿Se reconocerán los bienaventurados en el cielo? Es creencia de los doctores y santos que los afectos legítimos de la tierra reviven en el cielo, y que los que se han conocido y amado en esta vida, tienen la dicha de reconocerse y amarse en la otra.

¿Padecen los elegidos por verse separados de los que les estuvieron unidos en la tierra por los lazos de la sangre o de la amistad? No pueden experimentar dolor, porque la felicidad perfecta de que gozan no se concilia con ningún dolor.

¿La felicidad del cielo es la misma para todos los elegidos? Es la misma en su objeto, tocante a la felicidad esencial: todos ven, poseen y gustan del mismo Dios; pero no todos gozan de estos bienes en el mismo grado, sino más o menos, según la diversidad de sus méritos. También hay diferencia en la felicidad accidental: así los vírgenes tendrán una alegría especial que no gustarán los santos que no han conservado la virginidad, ni aun los más elevados en la gloria. Cada uno recibirá su propio salario a medida de su trabajo” (Cor., III, 8) –  “En la casa de mi Padre hay muchas moradas” (Juan XIV, 2). Esa diferencia en la recompensa, ¿ perjudica a la felicidad de los que tienen menos gloria? No, porque están exentos de envidia y llenos de amor a la justicia. Viéndose tan dichosos como son capaces de serio, no desean ser nada más que lo que son.

¿Consiste la felicidad y reposo eterno de los santos en la inmovilidad o la inercia? No: en el cielo, la actividad de la criatura racional llega a su mayor grado; sus facultades se ejercitan allí en toda su plenitud, desembarazadas de las trabas de las imperfecciones y necesidades materiales de la vida presente. La acción y el reposo, el deseo y la posesión, que son incompatibles en la vida temporal, serán una sola y misma cosa en la vida futura. (S. IRENEO).

¿Quiénes van al cielo? Los que están en estado de gracia, limpios de todo pecado aun venial, y han satisfecho a la justicia divina por la pena temporal debida al pecado.

¿Qué debemos hacer para ir al cielo? Debemos: 1º Pensar en él a menudo y desearlo con todo el ardor de nuestra alma. “¡Oh cuán amables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma suspira, y padece deliquios, ansiando estar en los atrios del Señor. Transpórtanse de gozo mi corazón y cuerpo, contemplando al Dios vivo” (Salmo LXXXIII I, 2). 2º Vivir con la mayor pureza. “Bienaventurados los que tienen puro su corazón; porque ello, verán a Dios” (Mat., V, 8). 3º Reprimir nuestras pasiones, practicando generosamente las virtudes cristianas. El reino de los cielos se alcanza a viva fuerza, y los que se la hacen a si mismos son los que lo arrebatan” (Mat., XI, 12). 4º No poner nuestra dicha en las criaturas, ni usar de ellas sino según los designios de Dios. “Los que gozan del mundo vivan como si no gozasen de él; porque la escena o apariencia de este mundo pasa en un momento” (I Cor., VII, 31). 5º Sufrir con paciencia todas las tribulaciones. “Es preciso pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hech., XIV, 21). 6º Ser fieles en las cosas más pequeñas. Ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho…. ven a tomar parte en el gozo de tu señor” (Mat., XXV, 21). 7º Ser fieles hasta la muerte. “Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida eterna” (Apoc., II, 10).

Limbo de los niños

¿Qué es el limbo de los niños? Es el lugar en donde son detenidas las almas de los niños muertos sin haber sido regenerados.

¿Están excluidas las almas de esos niños de la vida eterna? Están excluidas de la vida eterna, que consiste esencialmente en la visión intuitiva de Dios. Así lo han definido varios concilios contra los pelagianos y calvinistas. “En verdad, te digo que quien no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan III, 3).

¿Padecen las almas de dichos niños la pena de sentido? La mayor parte de los teólogos dicen que no; porque la pena de sentido se impone a causa de la delectación buscada en el pecado. Pero en la culpa original no hay delectación.

¿Padecen la pena de daño? Sí, pues se hallan privadas de la vista de Dios; pero esta privación no va acompañada de sentimiento y desesperación como en los réprobos. Según Santo Tomás, no pueden sentir pena por no poseer al bien soberano, porque no lo han conocido nunca ni le han estado unidas por la fe y la caridad. No solamente no padecen por la privación de la visión intuitiva, sino que gozan de una dicha natural.

¿Por qué permite Dios que esas almas sean condenadas a no verla nunca? En su infinita sabiduría, Dios ha establecido como ley general que los hombres se salven por medio de la Iglesia: mas para que ningún niño muera sin bautismo, Dios tendría que multiplicar los milagros, esto es, suspender aquella ley general: pero esto no conviene, por ser contrario al orden establecido por su divina Providencia, según el cual el milagro sólo interviene como medio excepcional. Hay sin duda otras razones que Dios sabe, y que no alcanza a comprender nuestra ignorancia; pero, como sabemos que “todos los caminos del Señor son misericordia, verdad y justicia” (Tobías, III, 2), no hemos de pretender escudriñarlas.  

Del infierno  

¿Qué es el infierno? Es el lugar donde los réprobos son condenados a padecer eternamente con los demonios.

¿Con qué otros nombres se designa el infierno? El infierno de los condenados es llamado también, en la Escritura Sagrada, el pozo del abismo, el gran lago de la cólera de Dios, el estanque de fuego y azufre, etc.

¿Cómo se prueba la existencia del infierno? Pruébase: 1º Por la Sagrada Escritura, que proclama esta verdad en un sinnúmero de pasajes. Aterrados han sido en Sión los pecadores: el temblor se ha apoderado de los hipócritas. ¿Quién de vosotros podrá habitar en un fuego devorador? ¿Quién de vosotros podrá morar entre los ardores sempiternos?” (Isaías XXXIII, 14) –  “Temed al que después de quitar la vida, puede arrojar al infierno: a éste es, os repito, a quien habéis de temer” (Luc., XII, 5) –  “Los hijos del reino (los Judíos) serán echados fuera a las tinieblas: allí será el llanto y el crujir de dientes” (Mat., VIII, 12). 2º Por la enseñanza de la Iglesia, que ha definido este dogma en varios concilios, y en particular en el de Florencia, que dice: “Definimos que las almas de los que mueren en pecado mortal, o con sólo el pecado original, descienden enseguida al infierno, para ser allí castigadas, aunque con penas diferentes”. 3° Por la razón, que reclama que el mal sea castigado y el bien recompensado en otra vida. En efecto: la justicia divina exige que nada quede impune; pero la trasgresión de la ley queda a menudo sin castigar en esta vida, o no es castigada sino de una manera incompleta; luego es necesario que después, de la vida presente, los pecadores que habiendo ofendido gravemente a Dios mueren sin querer pedirle perdón, expíen sus iniquidades con suplicios. 4° Por la tradición de los pueblos, que siempre y en todas partes han creído en la existencia de un lugar de tormentos para los hombres perversos.

¿Dónde está situado el infierno? La Iglesia no ha definido nada respecto a este particular; pero se puede creer que se encuentra situado en las profundidades de la tierra, según las palabras de los Libros Sagrados, refiriéndose al castigo de Coré y de sus partidarios. “La tierra se hundió debajo de los pies, de aquellos, y abriendo su boca se los tragó con sus tiendas y todos su, haberes; y cubiertos de tierra bajaron vivos al infierno” (Núm., XVI, 31-33).

¿Cuáles son las penas esenciales de los réprobos? La pena de daño y la de sentido.

¿En qué consiste la pena de daño? En que los condenados están privados de la vista de Dios por toda la eternidad. Dicho castigo es la condenación propiamente dicha y el mayor de los tormentos.

¿Por qué la privación de la vista de Dios es el mayor de los tormentos? Porque Dios es el bien soberano, el bien supremo del hombre. Después de la muerte, el alma del pecador se dirigirá hacia Dios por una inclinación violenta e irresistible; pero viéndose rechazada y desterrada para siempre de su presencia, experimentará un horrible padecimiento; éste es el gusano que nunca muere (Marc., IX, 45), (Marc., IX, 45), el cual la roerá en una eterna desesperación.

¿Por qué padecen los condenados esta pena? Porque como se han apartado obstinadamente de su fin último, que es Dios, es natural que carezcan de la vista de Dios.

¿En qué consiste la pena de sentido? Consiste principalmente en el tormento del fuego. ¿Es verdadero ese fuego? Sí: es un fuego verdadero y real, sostenido y alimentado por la omnipotencia de Dios. Ese fuego ejerce su acción sobre los demo­nios y sobre las almas separadas de los cuerpos; después del juicio universal atormentará a las almas ya los cuerpos.

¿Por qué padecen esta pena los condenados? Porque habiendo buscado su dicha en las criaturas, en ellas deben encontrar su castigo.

Además de estas penas, ¿no hay para los condenados otras penas accidentales? Sí: hay penas que provienen: 1° de la horrible compañía de los demonios y condenados; 2º de los suplicios correspondientes a las diferentes especies de pecados. “Tierra, o región, de miseria y de tinieblas…, donde todo está sin orden, y en un caos u horror sempiterno” (Job., X, 22) –  “Por aquellas cosas en que uno peca, por esas mismas es atormentado” (Sab., XI, 17).

¿Quiénes van al infierno? Todos los que mueren en pecado mortal, aunque no sean culpables más que de uno solo.

¿Son iguales las penas del infierno para todos los condenados? La justicia pide que dichas penas sean proporcionadas a la naturaleza y número de los pecados de cada uno. Mas para todos, el infierno es el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno, así como el cielo es para los bienaventurados la reunión de todos los bienes sin mezcla de mal alguno.

¿Cuánto tiempo durarán las penas del infierno? Las penas del infierno no tendrán fin ni alivio alguno.

¿Cómo se prueba la eternidad de las penas del infierno? 1° Por la Sagrada Escritura. “Y saldrán a ver los cadáveres de los que prevaricaran contra mí; tuyo gusano no muere nunca, y cuyo fuego jamás se apagará” (Isaías LXVI, 24) –  “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno… Y estos irán al eterno suplicio” (Mat., XXV, 41, 46) – “El Señor Jesús vendrá con llamas de luego a tomar venganza de los que no conocieron a Dios, y de los que no obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo, los cuales sufrirán la pena de tina eterna condenación” (II Tes., I, 8, 9) – “Les está reservada una tenebrosísima, tempestad que ha de durar para siempre” (Judas, 13) – “El humo de sus tormentos estará subiendo por los siglos de los siglos” (Apoc., XIV, 11).   2º Por la enseñanza de la Iglesia, que la afirma como dogma de fe católica, en el Símbolo de San Atanasio: “y los que hubieren obrado bien irán a la vida eterna; mas los que hayan obrado mal irán al fuego eterno”. El quinto concilio ecuménico condenó el error de los origenistas, que enseñaban que los tormentos de los condenados eran temporales: “Si alguno dice o piensa que el castigo de los demonios y de los hombres impíos es temporal y que acabará algún día, o que habrá un restablecimiento de los demonios y de los hombres impíos: sea anatema”.

¿Cómo se confirman las enseñanzas de la fe? 1º Por la tradición de los pueblos. Esta creencia se encuentra expresamente mencionada en los filósofos y poetas griegos y latinos. 2º Por la razón, que no encuentra en el dogma de la eterni­dad de las penas nada que no esté conforme con sus principios. En efecto: el pecado tiene malicia infinita en un objeto, que es Dios, por consiguiente merece pena infinita; mas como esa pena no puede ser infinita en intensidad, tiene que serio en duración. La pena debe durar tanto como el pecado; pero como el pecado no puede ser borrado en el infierno, porque al condenado le es imposible hacer penitencia por no tener ni la voluntad de convertirse, ni la gracia de la conversión, síguese que la pena debe durar eternamente. Repugna que los buenos y los malos tengan un mismo fin, porque el vicio y la virtud son de tal manera contrarios, que no pueden producir los mismos efectos. Ahora bien, si las penas del infierno no fueran eternas, los malos llegarían a gozar algún día de la eterna felicidad como los buenos, de suerte que no habría entre ellos diferencia esencial; lo cual no puede admitir la razón. No se puede suponer que los malos serán aniquilados, porque Dios no aniquila ninguna cosa de las que ha creado.

¿Qué incita a los impíos a negar el infierno? El amor del vicio. “Si quisieran abrazar la virtud se persuadirían enseguida de que hay infierno, y depondrían todas sus dudas” (S. JUAN CRISÓSTOMO)^ 

Objeciones contra el infierno  

¿No es tratar a Dios de juez cruel al suponer que condena a la pobre criatura por un solo pecado mortal? El número de pecados cometidos por el condenado es aquí cosa accesoria. Dios perdona setenta veces siete veces, es decir, indefinidamente, a todo el que se arrepiente de sus crímenes. Si alguno es condenado por un solo pecado mortal, es que ha muerto voluntariamente en la impenitencia final, con conocimiento y aceptación de todas sus consecuencias. Por tanto, él mismo es quien se condena, y se convierte en su propio verdugo, y riéndose de la justicia de Dios y despreciando su misericordia.

¿Es posible que un Dios infinitamente bueno deje padecer eternamente a su criatura? La bondad de Dios es inseparable de su sabiduría y de su jus­ticia. Porque es bueno con bondad infinitamente sabia y justa, ha dejado abrirse el infierno para excitar a los hombres al bien y tragar a los que hasta la última hora han despreciado su amor.

¿No debía perdonar Dios después de una expiación suficiente? El perdón no se concede sino al arrepentimiento. Pero el condenado ni puede ni quiere arrepentirse. La muerte lo ha fijado eternamente en el mal. El infierno es su centro de atracción; le es tan imposible elevarse hacia Dios por un buen movimiento, como a la piedra subir por los aires por sí misma.

¿Por qué no deja Dios al condenado la libertad del mérito, ni le ofrece gracias de conversión, como las ofrece al pecador en la tierra? Está muy puesto en razón que el tiempo de prueba se limite a la vida presente. Si después de ella, hubiera otro tiempo de prueba, no hay razón para que a éste no siguiera otro, a éste otro, y así sucesivamente. De donde resultaría que el malo podría burlarse indefinidamente de la justicia de Dios y pisotear su amor.

Pues si Dios preveía que algunos seres se condenarían, ¿por qué los ha creado? Porque en el plan admirable de la creación, su suerte se halla ligada al bien universal. Querer que Dios no crease a los condenados es querer que no crease a la humanidad de la cual un numero tan considerable debía gozar de la dicha eterna. En efecto: los hombres descienden por generación unos de otros; la condenación de cierto número de ellos no podía impedirse sino por la no existencia de sus antepasados. Querer que Dios no crease a los condenados, sería querer que no manifestase sus atributos de paciencia, misericordia y justicia, que no manifestase las maravillas de su gracia en la santificación de los elegidos, en medio de las luchas que tienen que sostener contra los malos. En una palabra, sería querer que Dios no obrase fuera de sí mismo. La eterna condenación de los malos es sin duda un misterio. Pero la Providencia queda suficientemente justificada desde que sabemos que quiere la salvación de todos los hombres, que a todos sin excepción da los medios para conseguirla, y que los que se condenan se pierden únicamente por su culpa.

¿Qué debemos hacer para no ir al infierno? Debemos: 1º Bajar a él a menudo con el pensamiento durante la vida, para no bajar después de la muerte; 2º Pedir a Dios que nos preserve de él, diciéndole con el Real Profeta:  “No me trague el abismo del mar, ni el pozo cierre sobre mí su boca” (Salmo LXVIII, 15).  

RESUMEN  

De la vida eterna.- La vida eterna es la vida que seguirá a la presente y que no tendrá fin. El dogma de la vida eterna supone cuatro verdades que se llaman las postrimerías del hombre, que son la muerte, el juicio, el cielo él infierno. Dichas verdades se completan con el dogma del purgatorio.

La muerte.- La muerte es la separación temporal del alma y del cuerpo. La fe nos enseña: 1º que la muerte es inevitable; 2º que es el castigo del pecado; 3º que no ocurrirá más que una sola vez para cada una; 4º que fija irrevocablemente nuestra suerte, Dios permite que ignoremos la hora en que sucederá, con el fin de que siempre estemos preparados. La muerte del justo es preciosa delante de Dios; la del pecador es horrorosa, porque lo entrega en las manos del Dios vivo, que lo condenara al fuego eterno. Puesto que la muerte decide nuestro destino eterno, debemos pensar en ella a menudo estar siempre preparados.

El juicio.- El juicio es la sentencia por la cual Dios fija a cada uno su suerte eterna. Es de dos maneras: particular y universal. El juicio particular es el que sigue inmediatamente a la muerte. Se verifica en el mismo lugar e instante en que el alma se separa del cuerpo. La sentencia que el juez supremo pronuncia entonces es definitiva e irrevocable. El alma va inmediatamente al cielo, al purgatorio o al infierno. El juicio universal es el que se hará al fin de los tiempos. Dicho juicio debe celebrarse para satisfacer plenamente los derechos de la justicia, tocante a Dios, a Jesucristo, a los justos y a los pecadores. Este juicio no será más que la confirmación del primero; solamente que, como se verificará después de la resurrección, recaerá sobre el hombre entero, cuerpo y alma; porque el cuerpo debe tener parte en la recompensa o en el castigo.

El purgatorio.- El purgatorio es un lugar de tormento en donde las almas de los justos acaban de expiar sus pecados antes de entrar en el cielo. Se prueba su existencia por la Escritura, por la enseñanza de la Iglesia, por la tradición de los santos Padres y por la razón. Las penas del purgatorio son la de daño, es decir, la privación de la vista de Dios, y la de sentido, es decir, el padecimiento producido por un fuego real. No conocemos la inten­sidad ni la duración de dichas penas; sólo sabemos que son muy grandes y proporcionadas al número gravedad de las faltas que hay que expiar. Nos debemos esforzar por aliviar a las almas del purgatorio, porque a ello nos obliga la religión, la justicia o el agradecimiento, la caridad nuestro propio interés. Los medios por los cuales podemos aliviarla son: 1º la oración, el ayuno y la limosna; 2º las indulgencias; 3º la sagrada comunión y el santo sacrificio de la misa. Para no ir al purgatorio hay que abstenerse de las menores faltas, y expiar, por la penitencia, la pena debida a los pecados ya perdonados.

El cielo.- El cielo es el lugar en donde los ángeles y santos gozan de felicidad perfecta y eterna. Su existencia se prueba por la Escritura, por la enseñanza de la Iglesia, por la razón por la creencia unánime de los pueblos. En el cielo los elegidos están exentos de todo mal físico y moral, y poseyendo a Dios poseen todo bien. Además de la felicidad esencial que les pro­porciona la visión beatífica, tienen alegrías que les provienen de la vista de la santa humanidad de Nuestro Señor, de la vista de la Santísima Virgen, de las relaciones que tienen entre sí y con los ángeles. Aunque la felicidad del cielo es la misma para todos en cuanto a su objeto, no todos gozan de esos bienes en igual grado. Para ir al cielo hay que pensar a menudo en él y deseado, practicar la virtud, evitar el pecado, y ser fieles hasta la muerte.

El limbo.- El limbo de los niños, es el lugar en donde son detenidas las almas de los niños que han muerto sin haber sido regenerados por el bautismo. Dichas almas están excluidas de la vida eterna; pero no padecen la pena de sentido, y aunque se hallan privadas de la vista de Dios gozan probablemente de una felicidad natural.

El infierno.- El infierno es el lugar en donde los réprobos están conde­nados a padecer eternamente; se prueba su existencia por la Escritura, por la enseñanza de la Iglesia, por la razón por la tradición de los pueblos. Las penas del infierno son las de daño y de sentido. La primera es el mayor de todos los tormentos de los condenados. La segunda consiste en la pena del fuego. Este fuego es verdadero y real, por un efecto de la omnipotencia de Dios, ejerce su acción aun sobre las substancias espirituales. Además de estas penas, hay allí penas accidentales, que provienen de la horrible sociedad de los demonios y de los condenados, y suplicios correspondientes a las diferentes especies de pecados. Todas estas penas no son iguales para todos la justicia pide que sean proporcionadas a la naturaleza y número de los pecados de cada uno. La eternidad de las penas del infierno se prueba por la Escritura, por la enseñanza de la Iglesia, por la tradición de los pueblos y por la razón. Las objeciones que se suscitan contra la eternidad de las penas del infierno no son más que sofismas sugeridos por el amor al vicio.